Así vive Azerbaiyán sus años de oro (negro)



A la orilla del camino, un edificio alicatado en años de mayor esplendor, un sendero de cemento y lo que parecen unos rastrojos quemándose. No hay humo. Allí, entre las rocas y la gravilla, una pared de arenisca arde en una lengua de llamas. Dicen que el fuego es perpetuo y que viene de las tripas fecundas de la península de Abserón, a orillas del Caspio, hinchadas en una gigantesca burbuja de gas y petróleo. Cuentan que lleva ardiendo miles de años y que no se apaga así caigan chuzos de punta. Son los gases de la digestión de la Tierra, pero también el origen y el símbolo de un país rico y desconocido, Azerbaiyán, del que en Europa se sabe que el año pasado ganó Eurovisión. Punto. Los persas le pusieron Atropatene, que derivó hasta hoy en Azerbaiyán, a saber, ‘El guardián del fuego’. La curiosa región al oeste del Caspio ha cumplido 20 años de independencia, dueña de un pasado esdrújulo y un futuro de emirato a la europea.
En tiempos de Cristo, a la montaña del fuego llegaban peregrinos de todo el mundo. La religión imperante era el zoroastrianismo –o mazdeismo–, y los seguidores de Zaratustra veían en el fuego al creador. Aquel descampado del ‘Yanar Dagh’ estaba de caravanas como la esplanada del Rocío. Hoy aparca allí Eyyud, un chófer que podría haber rodado las escenas de acción de la serie ‘El Sheriff Lobo’, 52 años y voz gutural, que se atiborra a pipas al volante de un minubus Mercedes último modelo, asientos de cuero ‘beige’, puertas automáticas y pantalla plana con vídeos de Rihanna a todo tren.
El chófer es el ejemplo ecléctico de los azeríes, mezcla de turcos, persas y rusos, amigos del vodka y de Mahoma. La forma de conducir del ‘Sheriff’ tiene algo de paseo por la Estafeta en pleno encierro de Pamplona. La mayor parte del tiempo lo pasa adelantando y puede circular en dirección contraria por una autovía de tres carriles ante los morros de la Policía. A cada rato para en las cunetas, en las que esperan puestos de todo tipo como el de Nafna, que vende encurtidos varios, desde ciruelas hasta castañas bañadas en vinagre. La carrera discurre desde la Montaña del Fuego hasta la montaña de los petrodólares, que es Bakú, capital del país, a orillas del Caspio.
Hay una Bakú antigua erigida en piedras milenarias de la ciudad vieja, sobre la Torre de la Doncella y el palacio de los Sirvanshahs, restos de la ruta de la seda. Hay otra ciudad casi parisina de principios de siglo pasado, la de los bulevares paseados sobre la tarde, construidos al calor del primer ‘boom’ del petróleo, y otra sobria, racional, monumental y abandonada… La Bakú soviética. Entre todas, la capital de hoy, una quinceañera en viernes noche, preciosa pero niña pese al maquillaje de su ‘new age’ arquitectónico, ese en el que los proyectos tienen en común lo mucho que cuestan.
Bakú huele a crudo
Han decidido gastar una buena parte del ‘taco’ del petróleo. Les sobra, porque Bakú huele literalmente a crudo desde que se sale del avión.El país produce un millón de barriles al día y es el número 23 en producción de todo el mundo, suficiente si se tiene en cuenta que tiene el tamaño y la población de Andalucía (ocho millones). «¡Oil! ¡blup-blup!», señala Eyyud mientras conduce por las afueras entre un huerto de pequeños pozos comidos por el óxido instalados en los jardines de edificios destartalados.
Al llegar al centro, inmuebles centenarios y fotos con una sola cara. El de los retratos en las fachadas es Heydar Aliyev, padre de la patria y del actual presidente, un hombre de gesto fácil y artífice de una nación parcialmente libre según las organizaciones de derechos humanos. El frente marítimo por el que pasean su amor los veinteañeros lleva su nombre. Allí abren tiendas Gucci y Tom Ford (en breve, Zara) y un centro comercial frente al que aparcan más Bentleys que en un súper de La Moraleja: un 3% de la población maneja carro lujoso y el resto acarrea un Lada viejo.
Hay un nuevo de todo: nuevos autobuses, nuevos coches de Polícia BMW comprados en Alemania a tocateja, nuevos taxis a la londinense, nuevo museo de las alfombras, auditorio para Eurovisión con 25.000 asientos, un Hilton, estadios, oficinas y las tres torres del Butah en forma de llama. Un centenar de grúas levantan ladrillo gracias al petróleo. En el año 1996, el Gobierno firmó con varias compañías petrolíferas la explotación de su tesoro y el mandarlo a Europa por gigantescos oleoductos como el Bakú-Tiblisi-Ceyhan, una serpiente de la prosperidad que llega a Turquía. Al acuerdo aún le llaman ‘El contrato del siglo’.
Comenzó a gestarse no muy lejos de las torres de Butah, al sur de la ciudad, en el yacimiento de Bibiheybat por el que conducía James Bond a toda velocidad en ‘El Mundo nunca es suficiente’, sembrado de pozos como caballos de hierro azules y rojos. Hace más de un siglo arrancaron su lento y rentable galope, cuando a finales del XIX gentes como los Nobel (entre ellos Alfred, el del premio) o los Rothschild hicieron allí su fortuna. Tras la Revolución rusa, los pozos pasaron a manos soviéticas y dieron el 80% del combustible de la Segunda Guerra Mundial.
Quince nuevos hoteles
Ahora es suyo y lo lucen. En mayo celebrarán Eurovisión y, para acoger a los ‘eurofans’, Bakú prepara cuatro hoteles de cinco estrellas y once de cuatro. Si no los llenan, les queda el sueño de los Juegos Olímpicos de 2020 y el turismo que pretenden relanzar a base de historia, gastronomía (es el reino del cordero), monumentos de cortar la respiración como el Palacio de los Khanes de Shaki y las imponentes montañas del Cáucaso. Poca experiencia y mucho potencial.
Allí, nadar en petróleo no es una metáfora. A 325 kilómetros al oeste de Bakú por la planicie que discurre entre el Cáucaso Menor y el Mayor, un ruso jubilado se solaza en una bañera de crudo. Es uno de los miles de turistas que buscan las propiedades curativas del aceite milagroso. Chapotean en un líquido denso de hidrocarburos exclusivo de Naftalán, recomendado para casi todo por los azeríes y vilipendiado por algunos médicos occidentales. El lujoso resort de Chinar es heredero de una curiosa leyenda. Hace miles de años unos comerciantes abandonaron un camello moribundo en plena ruta de la seda. A los meses, regresaron y se lo encontraron lozano bañándose en un charco de crudo. Marco Polo ya habló de aquel «ungüento milagroso», que en 1850 se daban las señoras de los salones de París a precio de oro.
«Nuestro país es una casa estupenda con malos vecinos», explica Anar, un alto directivo de Asuntos Exteriores. Al este tienen el Caspio sin una regulación concreta sobre sus aguas. Al sur, el Irán de Ahmadineyad. Al norte, Georgia (con estos no hay queja) y Rusia, que se disputa con los azeríes el paso de los grandes oleoductos. Sus mejores amigos son los turcos, hermanos de idioma y origen. Entre ellos queda Armenia, con el que mantienen una paz ficticia desde 1994, cuando terminó una guerra de tres años y 25.000 muertos por la ocupación de un 22% de su territorio y la independencia de las montañas de Nagorno-Karabaj.
Llevan la afrenta dentro, tanto que Ramiza, guía del Cementerio de los Mártires de Bakú, sabe quién era cada cuál y cómo murió. «Aquel era periodista, una bomba… Este, médico, un francotirador…». Pese a la paz, cada mes llegan más cuerpos desde la frontera. Ajenas a lo nuevas que están las lápidas, Sabina y Tomma posan para un ‘book’ en pleno camposanto. Al fondo, los caballos de Bibiheybat siguen libando el suelo en su lento galope. También ellos tienen las horas contadas: en 2100 se acabará el oro negro. ¿Después? «Energía solar», responde Rizwan, guía del Gobierno. «Vivimos el presente», sonríe.

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